El inviern_ lleg_ y mis ingres_s c_ngel_

El inviern_ lleg_ y mis ingres_s c_ngel_

El 31 de diciembre de hace dos años, dejé de formar parte de la empresa para la que trabajé durante más de una década. Un mes antes, mi jefa de París tomó un avión por la mañana y voló hasta Madrid. Quería reunirse conmigo y después con otro compañero del departamento. “¡Qué bien!”, pensé, “hoy es mi cumpleaños y llevaré bombones a la reunión”. Pero ella venía a comunicarme mi despido.

Llegó a la oficina a las 10:20 de la mañana y enseguida nos dirigimos a una sala de reuniones. Yo llevaba mi ordenador portátil y una serie de informes bajo el brazo. No funcionaba el cañón proyector y le comenté que, estando sólo ella y yo, podía sentarme a su lado y mirar lo que tuviéramos que mirar en la pantalla del ordenador. “No lo vamos a necesitar”, me respondió. Entonces, con la voz entrecortada, me dijo que, por motivos económicos, la empresa tenía que prescindir de mí y de Antonio, las dos personas con los salarios más altos en el departamento que ella dirigía. Que era una decisión de los CFO y CEO mundiales del grupo. Que había luchado hasta el último momento, hasta la extenuación, por evitarlo. Ya con los ojos ahogados en lágrimas, me dijo: “Me habría sido mucho más fácil decirte que no has hecho bien tu trabajo y no puedes seguir en mi equipo que ser el mensajero de malas noticias no queridas por mí. Haces excelentemente tu trabajo y yo seguiré necesitando que los equipos en las distintas oficinas del mundo se formen en el proceso de planificación estratégica”. Cogí su mano entre las mías y le agradecí que esa mañana madrugara para venir a decírmelo en persona, pues otros habrían enviado un correo electrónico, o llamado por teléfono o delegado en alguien del departamento de RRHH de la oficina de Madrid. Sólo le hice una petición: “hay 26 personas esperándome en Lisboa la semana que viene para que les dé el training. Sabes que me gusta terminar las cosas bien. No quiero dejarles colgados”. Me dijo que sí, que me fuera de la empresa cuando quisiera, antes de fin de año. Trabajé intensamente, más si cabe que antes del comunicado de mi jefa, hasta el 31 de diciembre de 2013. Me despedí personalmente de los compañeros más cercanos y con un correo electrónico a toda la organización que algún día compartiré contigo.

Año nuevo, vida nueva. Nunca mejor dicho. Lo de la “empresa para toda la vida” terminó con la generación de mis padres. Ahora lo que toca es trabajar por proyectos, como asalariados o autónomos, hasta que la empresa o el cliente quieran. O hasta que tú quieras.

Las emociones son aquellas percepciones que todos tenemos como consecuencia de la realidad que nos rodea. Están basadas en experiencias concretas con impacto afectivo. Preciada Azancot, creadora del MAT (Metamodelo de Análisis Transformacional) en ciencias humanas, menciona 6 emociones que a mí me gusta ordenar de la manera siguiente: miedo, orgullo, rabia, alegría, tristeza y amor. Morata, además de ser un joven futbolista con valores, se convierte en este caso en regla mnemotécnica que me ayuda a recordarlas.

¿Qué emoción tuve yo el 1 de enero del 2014? Miedo. Miedo ante la nueva situación que me tocaba vivir, a lo desconocido, a la incertidumbre… Los primeros días buscaba un asidero, un flotador, pues tenía la sensación de que me hundía. Me reunía con personas que podían ayudarme y me querían en su equipo. A todas les habría dicho que sí. Deseaba subirme al 1er tren que pasara, recorría el andén de la estación arriba y abajo mientras me preguntaba por qué tuve que bajar del último, tan grande y confortable… Miedo. El mismo que puedes sentir o haber sentido tú en similares circunstancias. Tenía varias alternativas:

Opción “ajo”: el ajo es una especie de planta estéril de amplia variabilidad morfológica y fisiológica y que, importada de Asia, se cultiva en el Mediterráneo desde hace más de 7.000 años (Wikipedia). “Se repite más que el ajo”, hemos escuchado muchas veces. Es volver a sentir, el re-sentimiento. Reproduce en nosotros la rabia por lo que interpretamos es una injusticia, que ha ocasionado un daño que debe ser vengado. “El resentimiento es como tomar veneno y esperar que la otra persona muera” (Carrie Fisher). Nos percibimos a nosotros mismos como víctimas inocentes, mientras que el otro es culpable. Como decía Cecilia Arroyo, Prof. del Programa Superior de Coaching en el IE Business School, el resentimiento nos pone en una posición de dependencia con respecto a quien hacemos responsable, nos hace esclavos de quien culpamos y socava nuestra libertad y paz, y nos sitúa en la imposibilidad, sin espacio para la intervención. “El resentimiento es la emoción del esclavo” (Nietzsche).

Opción “ajo… y agua…”: El agua (H2O) puede disolver muchas sustancias, dándoles diferentes sabores y olores. Como consecuencia de su papel imprescindible para la vida, el ser humano ha desarrollado sentidos capaces de evaluar la potabilidad del agua, que evitan el consumo de agua salada o putrefacta (Wikipedia). Esta opción ‘suaviza’, en cierto modo, la anterior. Es la opción del “esto es lo que hay”, “estas cosas pasan”, “c’est la vie”, “shit happens”… La resignación, sin embargo, si no se transforma en aceptación-ambición, tiene el serio riesgo de llevar a quien la abraza a convertirse en “pasa”.

Opción “pasa”: las pasas son uvas de tamaño medio y de color dorado, con o sin semillas, que se producen al secarlas a la luz del sol (Wikipedia). “Los lunes al sol”. Y los martes. Y los miércoles… Es la opción “pasiva”, la del que pasa, no compra, pero le siguen cobrando el IVA (de la luz, del gas, etc.). Deja que el tiempo pase, no se afeita (él) o maquilla (ella), se pasea en pijama por casa… se deprime… hasta convertirse en una “pasa” arrugada.

Opción “grano de mostaza”: Los granos de mostaza son pequeñas semillas redondas de diversas plantas de mostaza, típicamente de 1 o 2 mm de diámetro. Su color va del blanco amarillento al negro, y son especias importantes en muchas cocinas regionales (Wikipedia). “En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y vienen los pájaros a anidar en sus ramas” (Evangelio según San Mateo 13, 31-35). Empezar pequeño para crecer.

¿Tienes alguna duda de qué opción elegí? Escogiendo la alternativa “grano de mostaza” demostraba actuar con “respons-habilidad” (habilidad para responder ante una situación) y asumía el protagonismo de mi vida.

Leo Messi es el prototipo de grano de mostaza. Cuando era un chiquillo de 11 años descubrieron que tenía deficiencia de la hormona de crecimiento. Podía optar por seguir conviviendo con dicho trastorno o bien tratarse. “La excelencia de un líder se mide por la capacidad para transformar los problemas en oportunidades” (Peter Drucker). Leo Messi: “yo creo que al ser más chico que los demás quizá era más ágil (…) Ahí es cuando te das cuenta de que las cosas malas pueden resultar bastante buenas”. Te animo a que mires el vídeo “Mi nombre es Lionel Messi, y ésta es mi historia”, de tan sólo 1 minuto de duración.

También me ayudó recordar el lema de una reunión anual de directivos del Grupo Cruzcampo que celebramos en Sevilla 15 años atrás: “Creer. Crear. Crecer”. Fíjate que la 1ª persona del singular del presente de indicativo de los dos primeros verbos se escribe y pronuncia igual: Yo creo. Lo tienes fácil: si crees, creas. Sólo falta abonar y regar ese grano de mostaza para crecer.

Mi jefa, con los ojos aún llorosos, no quiso probar ningún bombón. Pero a mí me dio un regalazo el día de mi cumpleaños. En mi próximo artículo te contaré cómo gestioné el cambio.

El que quiere cambiar siempre tiene una razón y el que no, siempre tiene una excusa” (proverbio árabe).

¡Feliz 2016!

P.D.: L0s ingres0s v0lvier0n en primavera

Autor: Francisco Serra

Artículo originalmente publicado en knowsquare.es

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